Cuaderno VII
Auto
Era invierno.
Había terminado un disco.
Salía desde las sierras de Córdoba rumbo al sur.
Me esperaban casi mil quinientos kilómetros de ruta.
Montañas.
Nieve.
Dos días manejando.
Me despedí de mi novia.
Subí al auto.
Arranqué.
A los pocos minutos me dije en voz alta:
—Bendigo mi viaje y todo en mi camino.
En ese mismo instante me faltó el aire.
Abrí la boca.
—¿Qué es esto?
Seguí.
Apagué la música.
Después la calefacción.
Bajé un poco la ventana.
A los costados, campo.
Cada tanto algún camión.
—Respirá.
—No pasa nada.
Pero no pasaba.
Me vuelvo.
Me afirmé fuerte sobre el volante.
Lo empujé con los brazos.
Seguí.
Me puse una mano en el pecho.
Pensé en frenar.
No frené.
Si freno…
¿Qué hago?
No veía una casa.
No veía a nadie.
¿Y si me baja la presión?
¿Quién me encuentra?
Por momentos aflojaba.
Y volvía otra vez.
Fuerte.
Miré al costado de la ruta.
Pastizales.
Quedar ahí.
Solo.
En el medio de la nada.
Manejé así tres horas.
Vi una estación de servicio.
Entré.
Apagué el motor.
Silencio.
Levanté la vista.
Había una familia en el bar de la estación.
Conversaban.
Un auto frenó al lado mío.
Se bajaron dos parejas riéndose.
Me quedé mirándolos.
Me bajé.
Caminé despacio hasta el baño.
Moví mi cabeza de un lado al otro.
Encogí los hombros.
Me lavé la cara.
Me quedé mirándome al espejo.
Salí.
El sol ya estaba bastante arriba.
La llamé.
—¿Querés venir conmigo?
Hubo un silencio.
—Sí.
Volví.
Escribo una o dos veces por mes.
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