Cuaderno IX
Una sola canción
Durante un tiempo tuve una sola canción.
La única que podía imaginarme cantando solo y de frente.
Casi nadie la conoce.
No está grabada en ningún disco. Apenas existe un cassette viejo con una grabación en vivo.
Se llama ¿Qué nos pasa?
La escribí en Argentina, tiempo antes de viajar por primera vez a Uruguay.
En ese viaje, una noche terminamos durmiendo en la plaza frente al Palacio Legislativo.
Al amanecer dejamos atrás la plaza y caminamos como pudimos, arrastrando el cansancio, hasta la feria de Biarritz.
El sol estaba a pleno. La feria, llena de gente.
Yo caminaba con la guitarra a cuestas, intentando vender algún anillo de coco.
Tenía hambre.
Entonces apareció la amiga de ella.
Nos dijo que podíamos quedarnos esos últimos días en el departamento de su hermano.
Nos convidó unos bizcochos.
Yo comía.
Ella me quedó mirando.
—Subite al ómnibus, cantá. Te va a ir bien.
Me agarró del brazo y me llevó hasta la parada de la esquina.
No me permití pensarlo.
Nunca había cantado en un ómnibus.
No pánico.
No vergüenza.
Vértigo.
Natural.
Subí.
Saludé a los pasajeros de frente y arranqué a tocar ¿Qué nos pasa?.
Me aferré a la canción.
Mi voz empezó a ocupar el ambiente mientras veía la ciudad pasar por las ventanillas.
Al terminar, pasé entre los asientos.
El sonido de las monedas cayendo en mi mano era un néctar.
Me bajé.
Me senté en la vereda.
Las conté.
Ahí supe que funcionaba.
Pasé los días siguientes cantando en los ómnibus hasta juntar el dinero para volver a Argentina.
Una semana después ya estaba de nuevo en Uruguay.
Me había enamorado de una piba.
Viviré de cantar.
Me quedé en Montevideo.
Durante seis meses ¿Qué nos pasa? fue todo mi repertorio y mi sustento.
La cantaba en los ómnibus.
Quince veces por día.
Era una canción larga.
Verborrágica.
Tenía algo irreverente.
Parecía que estaba increpándonos a despertar.
Miradas incómodas.
Monedas.
Algunos aplausos.
Silencio.
Una vez terminé de cantarla y me bajé en la parada de Comercio.
Una señora se bajó detrás mío.
Me llamó.
Me dio unas monedas y me dijo:
—Se nota que sos muy apasionado. Te convendría estudiar canto.
Le agradecí.
Y me sonreí por dentro.
Mi canción.
Escribo una o dos veces por mes.
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