Cuaderno VI

Casa Grande

La casa era enorme.
Habitaciones vacías.
Parque inmenso.
Un colchón en el piso.
Dos sillas.
Una mesa.
El resto era espacio.

Despertábamos antes del amanecer.
Salíamos al parque a mirar las estrellas.
Había algo abierto ahí.

Y nosotros, disponibles.

Al mediodía nos sentábamos descalzos en el pasto a conversar.

Y yo me decía en silencio que sí.

Al lado vivía una mujer joven y su hija chica.
Habíamos sido cordiales.

Una vez le trajimos unas compras del supermercado.
Otra nos regaló nueces.

Con los días empezaron los ruidos.

Golpes secos.
Palo contra chapa.

Al principio aislados.
Después más seguidos.

Los golpes aumentaban.

Pasaban los días.

Al principio parecían venir de ningún lado.

Luego contra el alambre que dividía las casas.

Nos empezamos a preguntar si eran para nosotros.

Una tarde fueron tan fuertes y tan cerca de nuestra ventana que salí.

—¿Todo bien?

Se acercó.

Quedamos frente a frente, separados apenas por el alambre.

Los ojos duros.
Sin brillo.

—Desde que me propusieron cosas raras está todo mal.

No entendí.

—Nunca te propusimos nada.

No escuchaba.

Intenté calmarla.
Gritaba mi nombre y apellido.

Como dejando constancia.

Gritaba que si algo le pasaba ya sabían quién era el culpable.

—Por favor.

—No pasó nada.

Mi novia estaba aterrada.

—Entremos.

Yo seguí intentando.

No hubo forma.

No estaba.

Mi novia me agarró del brazo.

Entramos.

La dejamos gritando sola.

Tapamos las ventanas con sábanas.
La casa vacía se volvió más vacía.
El aire estaba torcido.

Esa noche gritó mi nombre otra vez.
Con fuerza.

Dormimos en la habitación más alejada.

De mañana de nuevo los golpes.

Mi novia insistió.

Yo le decía que no pasaba nada.

Cargamos el auto.

Nos fuimos.

Nunca supe qué pasaba de su lado.
Nunca supe qué se movía del nuestro.

Algo quedó torcido.

Tuve que volver a acomodar la casa para devolverla.

Volví solo.

Cuando fui, ella estaba sentada en la puerta junto a su madre.

Vestidas de negro.

Le esquivé la mirada.

Estacioné junto al paredón, como había hecho tantas veces.

Cuando abrí la puerta del auto, una ráfaga la arrancó de mi mano y la estrelló contra la pared.

Seco.

Fuerte.

Entré.

Sin mirar.

Acomodé.

Salí.

Cerré.

Me fui.

 

Escribo una o dos veces por mes.

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