Cuaderno IV
Forastero
En el año 2015 fui invitado a cantar en el cierre de fin de año de una escuela rural en Santa Clara de Olimar, en Treinta y Tres.
Debía estar cantando en la escuela a las ocho de la mañana del lunes.
Así que viajé el domingo y ya en la tarde estaba en el pueblo.
Me recibió un muchacho, Cristian, cantautor local.
Me acompañó caminando hasta el hospedaje y me dijo que más tarde pasaría a buscarme para salir a caminar un poco y mostrarme el pueblo.
Cuando volvió me pidió que llevara la guitarra.
El pueblo era muy pequeño.
En un rato se podía recorrer casi todo.
Entramos primero al club.
En el hall central estaba solamente el dueño, sentado a una mesa comiendo unos fideos.
Conversamos un momento y seguimos camino.
Después entramos al bar.
Recuerdo luces tenues.
Colores algo grotescos.
Ocho o diez hombres bien camperos apoyados en la barra.
La mayoría en silencio.
Algunos conversando muy bajo.
Había música de fondo.
Nos miraron al entrar.
Saludé con un cabezazo y me senté en una mesa.
Al rato Cristian me dijo:
—¿Por qué no te tocás unos temas?
La propuesta me sorprendió.
El ambiente no me parecía especialmente fértil para compartir las canciones.
De todos modos acepté.
El encargado apagó la música.
Saqué la guitarra.
Me paré frente a los hombres.
Nadie sonreía.
Algunos me miraban fijo.
Otros seguían con el vaso en la mano, como si nada.
Arranqué.
Decidí tocar por primera vez frente a público una canción que acababa de escribir.
Al principio sentí mi voz un poco ajena.
Como si no terminara de acomodarse en ese lugar.
Seguí.
De a poco algo empezó a moverse.
No sabría decir dónde.
Uno de ellos dejó el vaso sobre la barra.
Nadie habló.
Y seguí.
Escribo una o dos veces por mes.
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