Cuaderno III

Humanidades

En el año 2002 llegué a vivir a Montevideo.
Vivía en el barrio Cordón. Alquilaba el cuarto de una pensión.

Por las mañanas salía a cantar mi canción en los ómnibus.
Sí, mi canción. Tocaba solo una.
Quince veces por día, durante meses.

En ese tiempo frecuentaba la Facultad de Humanidades.
Quedaba cerca de donde vivía.

La había conocido porque salía con una gurisa que estudiaba allí.
Ya no seguíamos en contacto, pero yo igual iba.

En la facultad había un salón de actos con un escenario y un piano de cola.
Los encargados de la recepción me dejaban usarlo entre las cinco y las siete de la tarde, cuando estaba vacío.

Empujaba una de las hojas de la puerta grande de madera.
El salón era enorme.
Al fondo, sobre el escenario, estaba el piano. Solo.

Pasaba un buen rato tocando.
El sonido se expandía por el salón vacío.
Había un eco suave que me gustaba escuchar.
La madera del piano, el marfil de las teclas.
A veces parecía otro tiempo.

Después empezaban a llegar alumnos para sus clases.
Me gustaba estar ahí.
De a poco se llenaba de gente.

Recuerdo que una noche participé de un evento en ese mismo salón.
Pude tocar algunas de mis canciones con piano y otras con guitarra.

Fue mi primer concierto en Montevideo.

Recuerdo el atardecer entrando por las ventanas.
Los pisos.
Las puertas.
Las escaleras.

Y el piano ahí.
Solo.

Escribo una o dos veces por mes.

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