Cuaderno I
La Canción
de la Tierra
Durante años toqué en los ómnibus.
Subía con la guitarra, decía buen día y empezaba a cantar.
Había días de monedas sueltas y miradas esquivas.
Había días de silencio incómodo, otros de mucho envión.
Había días en los que parecía que algo estaba por cambiar.
Yo me repetía que era transitorio.
Que todo eso era una etapa.
Un puente hacia otra cosa.
Pero el tiempo empezó a pasar.
Y cada tanto aparecía una falsa alarma:
una invitación, un contacto, una promesa.
Un “ahora sí”.
Y no.
Lo transitorio empezaba a parecer eterno.
“De la tierra” nació después de muchos de esos años.
Corría el 2011. Estábamos en Piriápolis, tocando a la gorra, vendiendo discos después de tocar.
Un día nos quedamos sin CDs.
Los gurises se volvieron a Montevideo a buscar más copias y yo me quedé solo.
Ese día empecé a escribir la canción.
Ya de noche, con el departamento chico y todos durmiendo, no podía seguir tocando la melodía.
Salí a la calle, caminé hasta la esquina y me senté en el murito de una casa.
Estuve ahí hasta las cuatro de la mañana, tocando y escribiendo.
Al otro día ajusté algunos versos y quedó lista.
La canción empieza diciendo:
“Voy a salir a la calle para encontrarme con alguien que tenga el valor de curarme.”
La calle era el escenario.
Y también era la intemperie.
Más adelante dice:
“Hay extraños mirando, tengo que seguir cantando.”
Cantar frente a desconocidos,
cantar aunque nadie mire,
cantar aunque nadie escuche.
Y en medio de todo eso aparece una frase que todavía me acompaña:
“Jugarse gigante por siempre adelante.”
Esa fue, tal vez, la decisión de esos años.
Seguir.
“De la tierra” no fue un himno.
Fue una constatación.
Si lo pasajero iba a durar, entonces tenía que tener raíces.
Escribo una o dos veces por mes.
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